lunes, 4 de marzo de 2013

Porque no salgo de un poroto

Tal como dice el título, mi amor por las palabras no es realmente algo que conseguí en solitario. Mi amor por las palabras es algo que copié de mi madre, que me leía cuentos cuando era pequeño. Si bien fue decisión mía comenzar a devorar bibliotecas en cuanto pude leer de corrido (e incluso un poco antes) esto podría haber quedado en nada.

Sin embargo con mi madre y hermanas jugábamos a veces en las comidas con juegos de palabras, asociaciones medio libres, búsqueda de palabras de tal forma que se formara una regla no dicha que la únia con la palabra anterior para ver si los demás podían adivinar la regla y seguir el juego. No voy a decir tampoco que esto sucedía todos los días, muchas veces simplemente mirábamos la tele, escuchábamos radio o charlábamos de algo.

Así fue como continué leyendo y luego comencé a escribir algunas cosas, desde pequeños cuentos porque me gustaba escribir o historias de unas 10 páginas para la historia previa de alguno de mis personajes de rol. Pero la verdad es que no soy yo el único que escribía, mi madre también lo hacía, aunque solía guardarse esas cosas para ella.

Todo esto viene como modo de presentación a algo que encontré acomodando mi habitación. Un papel doblado, pequeños cortes y dobleces en sus bordes amarillentos, manchas de algo indefinido. Tiene, creo yo, unos 25 años de antigüedad, pero no se con seguridad, tal vez sea un poco menos. En ese papel encontré una pequeña poesía que quería compartir con ustedes, para demostrar que no salgo de un poroto.

Unas rimas me has pedido,
aunque creo que leerlas
no es el verdadero motivo.
Mis versos don como perlas,
como gotas de rocío,
versos que salen del alma,
que quizá nunca has oído.
Léelos con mucha calma,
tienen dulzor escondido.
Y, si aceptas esta parla,
no cometas el dislate
de echar estos en el olvido
y comerte solo el chocolate.

En la semana de la dulzura,
regalártelo no es una locura.


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